
Hubo un día, perdido en la noche de la Historia, cuando ni tan siquiera existía la medida del Tiempo, en que surgió la Vida.
Poco a poco, extraños y microscópicos seres, fueron surgiendo, haciéndose dueños de toda la faz de la Tierra.
Después aparecieron los vegetales, luego los animales y, por fin, muchos millones de años después, fuimos nosotros los que aparecimos en el festín de la Vida.
Primero fue el HOMO HÁBILIS, le siguieron el HOMO ERGASTER, el HOMO ANTECESSOR, el HOMBRE DE NEANDERTAL y hace apenas unos centenares de miles de años, el HOMO SAPIENS.
Y desde el principio, nosotros los humanos, como todos los demás seres vivos, emprendimos una peculiar guerra contra los descendientes de aquellos diminutos seres que fueron un día, únicos habitantes de este planeta.
Comienza la partida de ajedrez más singular y más larga de toda la Historia: LA LUCHA DE LOS HUMANOS CONTRA LOS MICROORGANISMOS.
En el principio de los tiempos, sobrevivir es una lucha continua en la que estamos indefensos contra las infecciones que nos invaden.
Y durante millones de años, pensamos que la enfermedad es un castigo de la naturaleza o, tal vez, de los dioses. Aceptamos la enfermedad con resignación y sólo los sentimientos de dolor ante la pérdida del ser querido son nuestro único consuelo.
Y tras la cultura egipcia, es la griega quien toma el relevo de la Humanidad en la lucha por la Vida.
Hipócrates y Galeno ponen las bases de la medicina. Ya por fin, los humanos empezamos a ser unos serios adversarios de nuestros invisibles enemigos.
El Juramento Hipocrático que sienta la ética del médico ante el enfermo es uno de los valiosos legados que dejan los griegos a las civilizaciones venideras.
Y durante siglos, los humanos sólo somos defendidos por la cultura musulmana. El oriental Avicena y los andalusíes Averroes, Avenzoar y tantos otros, recogen el saber griego manteniendo la luz del conocimiento, en medio de las tinieblas de la vieja Europa.
La decadencia de Al-Ándalus pone fin a uno de los períodos de mayor esplendor cultural, artístico y científico de toda la Historia.
Durante siglos, los humanos estamos muy lejos de conocer a nuestros enemigos. Las enfermedades infecciosas campan a sus anchas, apareciendo otras nuevas, llegadas desde los más lejanos confines a través de las tortuosas rutas comerciales.
Al final de la Edad Media, el mundo sufre la más mortífera de las epidemias sufridas por los hombres: la peste negra. La enfermedad transmitida por las ratas se extiende por todo el continente europeo, dejando tras de sí miseria, desesperación y millones de muertos. Valencia pierde la mitad de sus habitantes.
Durante mucho tiempo la higiene brilla por su ausencia. Nuestra ignorancia sigue siendo la gran aliada de esos diminutos seres.
La lepra, el tifus y otras tantas enfermedades siguen causando estragos entre la población. La medicina sólo da "espadazos" al aire.
Según parece, desde el recién descubierto Nuevo Mundo llega la sífilis a Europa; y nosotros, sin tampoco pretenderlo, obsequiamos a los recién descubiertos con la viruela. Los humanos seguimos siendo marionetas de nuestros pequeños enemigos.
Uno de los nuestros, un humano muy curioso, el holandés Leeuwenhoek, manipulando lentes, consigue fabricar un artilugio que aumenta 200 veces el tamaño de las cosas; descubriendo, un buen día, que existen unos seres nunca antes vistos. ¡Eureka!, por fin, hemos visto al enemigo.
Estamos a finales del siglo XVIII. El inglés Jenner descubre la vacuna contra la viruela. Poco después, el médico alicantino Balmis inicia una expedición de tres años que recorre todos los continentes para vacunar a todo el mundo. La humanidad inicia el difícil camino hacia el triunfo, aunque seguimos sin enterarnos de quienes son realmente nuestros enemigos.
En nuestro bando, los científicos van desgranando con tesón el rompecabezas de ese mundo invisible que nos mantiene a la defensiva. El francés Pasteur descubre que las bacterias son las causantes de las enfermedades. Se empiezan a elaborar vacunas contra los distintos microorganismos que se van descubriendo. Los humanos damos el impulso definitivo para el conocimiento de esos extraños seres.
Pero en esta lucha no hay tregua. Durante el siglo XIX, el cólera asola Europa diezmando su población. Nosotros los valencianos sufrimos hasta cuatro epidemias que provocan miles de muertos.
La Marina Alta es la comarca donde más fuertemente ataca la infección. Sin embargo, Xàbia, de forma milagrosa y excepcional, se ve libre de todos los brotes. Es desde entonces, cuando veneramos con especial fervor la imagen de Jesús Nazareno.
Pero nuestros enemigos siguen sin darnos respiro. La tuberculosis hace estragos, y a principios del siglo XX, la gripe mata a 15 millones de europeos.
Poco a poco, los humanos comprendemos la importancia de la higiene y empezamos a lavarnos más a menudo. Hasta entonces, la mayoría de los de nuestro bando, no se bañaban más de una vez al año.
Pero los humanos, estamos de suerte. Un brillante médico escocés, Alexander Fleming, descubre la penicilina.
Con nuestras nuevas armas, los antibióticos, nos creemos invencibles. Disfrutamos de años de euforia en los que gracias al imparable progreso de la ciencia y de la técnica pensamos que podemos ganar definitivamente la partida.
Pasado más de medio siglo del descubrimiento de la penicilina, los microorganismos no se rinden. Se mutan, cambian y se disfrazan para combatirnos con imaginación. Se hacen resistentes a los antibióticos y cuando creíamos que los habíamos arrinconado, enfermedades de otras épocas se nos revelan, al tiempo que otras nuevas se nos aparecen con fuerza.
Y ahora, en los albores del siglo XXI, los humanos sólo somos unas piezas más en este baile de la vida.
La partida continúa. El objetivo: el mismo, comer sin ser comido y evitar que nos den JAQUE MATE. Con nuestra mejor arma, la inteligencia, seguimos investigando en los laboratorios y hasta hacemos experimentos en el espacio. Pero todo esto, de nada servirá, si no mostramos más solidaridad con los pueblos más pobres. Y también, precisamente hoy, en que conmemoramos lo sucedido hace 60 años, debemos pensar que, tal vez, nuestro mayor enemigo no sean esos diminutos seres, sino NOSOTROS MISMOS... ¿Conseguiremos dar el definitivo JAQUE FINAL?